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Hotel Villa Paulita - Girona |
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Siempre me he interesado por la historia de las cosas y los lugares: siempre son historias de personas. Quizá por
eso me gusta tanto viajar. Y hacer preguntas. Al llegar a Villa Paulita, además de en su atractiva fachada de vivo
color rojizo, me había fijado en esos dos grandes abetos (uno verde y el otro azul) que hay enfrente y que parecía
que hubieran salido a darme la bienvenida. Fue la excusa para iniciar una ―en apariencia― intrascendente conversación
con Joan, el jardinero. Así fue como supe que aquellos árboles habían sido plantados cuarenta años antes por la señora
Volart para sus nietos, adjudicando un árbol a cada uno de ellos. Imáginate, ahora aquellos niños son los actuales
propietarios del lugar.
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Sentía que de algún modo estaba alojado en la historia misma: las paredes de piedra del antiguo convento de los Dominicos,
sus originales arcos, lo auténtico de su arquitectura, me remitían sin cesar al pasado, pero su decoración vanguardista convertía
el conjunto en un espacio no sólo ecléctico, sino situado en el límite del presente.
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Hoy ha sido un día agotador, al acabar la jornada solo pensaba en desconectar lo antes posible y retomar esa energía
que a lo largo del día he ido gastando. Mañana necesito el máximo de concentración en la conferencia.
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Una piscina que termina donde empieza el mar; un mar que termina donde empieza el cielo. Infinity pool. El mantra
de las olas acariciando mis oídos una y otra vez. Infinity sound. Un palacete con un pie en tierra y otro en el mar,
uno en el siglo dieciséis y otro en el minimalismo del veintiuno.
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